El ignorante ignorado

 

La primera parada del viaje: Quito y el viaje a la costa.
No era todo lo que esperaba, o a veces era peor.
La situación me recordó una vez más la razón de todo mi proyecto, por qué estoy aquí.
Entre subidas, bajadas, camiones de basura y camiones al mediodía, aquí está mi primera historia en Ecuador.

Tan pronto como empezó el viaje, la dura realidad de los hechos inmediatamente chocó con todas mis expectativas: las idílicas imágenes del misterioso país del Imperio Inca, patria de la biodiversidad y sueño de cualquier biólogo en el mundo, habían sido reemplazadas por un cuadro muy poco edificante para mí y sus habitantes.

Me gustaría mucho narrar los primeros días del viaje describiendo magníficas imágenes de picos nevados, las llamas de pastoreo, ropa típica y praderas inmensas, pero no sería honesto. Por otra parte, no podría estar más en sintonía con el propósito de mi viaje. Entonces, basta ya de romanticismo, despejamos el camino a la documentación y a la comprobación de mi ignorancia.

Es bien conocido que las capitales son terreno abonado para ásperas contraddicciones sociales y ambientales, a menudo teatro de panoramas poco halagüeños, pero éste en particular representó un choque cultural al que no estaba totalmente preparado.

Ante todo querría introducir la ciudad con los aspectos por los cuales merece realmente la pena visitarla.

El Teleférico de Quito es una instalación, por lo menos, de esquí que con un rápido salto te lleva a los 4100 metros de altitud de los 2800 donde se encuentra la metrópoli.

Si tus piernas te lo permiten, de ese punto se abren los caminos para llegar hasta la cima del volcán Pichincha. La visión desde arriba es sensacional. Cayambe, Antisana, Cotopaxi, Pasochoa, Rumiñahui.

Aun solo deteniéndose en el punto de llegada del teleférico, es posible observar las principales cumbres de los Andes que abrazan la capital. Pura maravilla!

 

 

Otra imperdible joya de la ciudad es sin duda la Basílica del voto Nacional, pero como éste no es el lugar adecuado para hacer de guía turística, os dejo a las miles de imágenes e historias que circulan por Internet y os aconsejo evitar demasiadas búsquedas, disfrutando el espectáculo en vivo: trepar a los dos campanarios principales es comparable con una escalada de montaña.

 

 

Pero llegamos a los puntos delicados. La única salida de Quito se podría clasificar sin problemas como delito de tortura y crimen contra los derechos del ciclista (y de cualquier sano de mente).

Carreteras convertidas en vertederos al aire libre, montones de detritos abandonados, carteles por todas partes que imploran una conciencia ecológica ni siquiera basada en la práctica.

Camiones ruidosos y los llamados carriles bici de hecho inexistentes.

El primer impacto con Ecuador visto por detrás del manillar de la bici no es un buen augurio salvo por la razón por la que estoy aquí, desgraciadamente.

Elegí Puembo como punto de partida porque se encuentra cerca del aeropuerto de llegada y de la conexión con Quito a través de un carril bici que en pasado fue uno de los primeros ferrocarriles de Ecuador, El Chaquiñán.

Para seguir la ruta establecida a partir del punto cero de mi viaje, es necesario cruzar Quito por el exterior y el mero hecho de que definen su forma “a salchichón”, parecía la mejor de las premisas para una tranquila excursión en alegría. Bici lista y cargada, cantimploras llenas, control de despistes hecho, mapa encima del manillar y ¡salimos!

Entre subidas sin asfaltar y túneles oscuros se llega hasta Cumbaya, zona al noreste de la ciudad y a partir de aquí sólo hay que cruzar Quito. Sólo.

La metrópoli se extiende a lo largo de un valle, con sus subidas y sus declives: por alguna extraña razón, puedo afirmar con seguridad que me acuerdo únicamente de las primeras.

Pero el problema principal que tenía que afrontar en esta fase no fue para nada la subida en sí.

Hay que considerar los casi tres mil metros de altitud, con las consecuentes dificultades para respirar, el peso de la bolsas y por último, cientos de automóviles y camiones que superan una y otra vez de manera imprudente como vagones incesantes de un infinito tren de mercancías que pasa traqueteando a una distancia de 50 centímetros de ti.

Otra vez el ignorante soy yo. Pensaba pedalear al aire fresco y de sufrir el jadeo de la falta de oxígeno debido al esfuerzo y a la altitud, pero encontré sólo gases y tubos de escape.

La situación sigue así por algunas horas hasta las puertas de la ciudad, San Carlos que marca el final de la tortura metropolitana y el comienzo de las afueras de Quito.

Aquí, me quedé en un pequeñísimo comedor donde por casualidad conocí a Mario.

Entre todos los posibles e imaginables nombres españoles, este menudo ecuatoriano con el vicio de escupir se me acercó sacando un mote con el que me llaman los amigos de una vida, como señal de buen augurio.

Como previsto, poseía una cantidad de información sobre Quito que hubiera hecho palidecer las mejores guías internacionales.

Conoce cada rincón y grande arteria: por fin es él que me aconsejó la salida de este laberinto de asfalto.

En los comedores ecuatorianos, las mesas no pertenecen a nadie: si hay sitios libres te sientas y comes y es lo que supuestamente hizo Mario después de salir de su pequeño taller a unos pocos metros de allí.

Manos gordas endurecidas por los muchos años de llave inglesa y destornillador, mono del mecánico tachonado de una miríada de agujeros y rasgones que no tenía sentido ni cambiar ni remendar.

Durante el almuerzo, la mezcla de olor de gasolina y aceite de motor ocupaba la mesa cada vez que hacía un movimiento, pero creo que él, a diferencia de mí, estaba totalmente acostumbrado ya.

Ignorando la temperatura, mi nuevo cicerone pide una sopa caliente de pollo y maíz de primero y luego arroz, patatas, huevos, ensalada y otra vez pollo de segundo.

La misma comida que sigue pidiendo cada día desde siempre: podéis llamarla tradición, pero yo prefiero constancia y tenacidad alimentaria, así como evidente ahorro de dinero (2,5 dólares al día y la hambre corta incluso la fantasía).

Naturalmente decido imitarlo, ganándome su simpatía.

 

 

Gracias a los consejos reunidos entre un plato y el otro llego sin problemas a la Mitad del mundo, un conjunto ubicado a unas decenas de kilómtros fuera de Quito, que construyeron los Franceses en el lugar donde un explorador marcó la línea del ecuador en 1736.

Con un poquito de teatralidad y abriéndose paso entre los turistas, aquí es realmente posible pisar los dos emisferios. A lo mejor no es una experiencia inolvidable, pero sí sugestiva.

Toda la solemnidad del momento la apagó rápidamente una irónica verdad: con la llegada de la tecnologías satelitales se descubrió que la real mitad del mundo está desplazada a unos cientos de metros del monumento. En la exacta ubicación parece que hay un punto sagrado para los Incas, utilizado para actividades cerimoniales durante siglos. Tenían que saber alguna cosa más que nosotros: ellos a diferencia de mí y del explorador francés, no eran ignorantes para nada.

Pero volvemos a lo del viaje. Aquí en el ecuador, no importa en que estación estemos: a las seis empieza a anochecer y a la siete ya no se ve nada.

¡Las carreteras son una trampa mortal por la mañana, imaginaos por la noche!

Terminada la visita a la Mitad de mundo, había llegado la hora de encontrar un sitio para dormir, dondequiera, pero seguro y abrigado.

Por casualidad, llego a saber de un cráter apagado, a unos pocos kilómetros en el que nos podemos acampar, el cráter Pululahua. La noche es fría: todavía me encuentro alrededor de 2400 metros de altitud y en la tienda se percibe del todo y por todo la temperatura rigurosa y hostil.

Cuando el viaje te pone frente a algo muy pesado, siempre te recompensa con algo inolvidable: es su moneda de intercambio, su manera para que no te rindas.

Esta vez es la carretera la que me da el don. Casi 50 kilómetros de puro y liberatorio declive, un despertar que me recompensa moralmente por todo: ya no pienso en nada, simplemente me abandono a la gravedad (por fin amiga) y respiro el aire nuevo de un amanecer que promete un día sereno.

El peso desaparece y la bici se desliza rápida entre las grandes curvas de la montaña.

La velocidad adquirida me permite que no sucumba a las reglas del motor de explosión, un concentrado de libertad pura.

Sabía que no iba a durar mucho pero no quise pensar en esto hasta que se me presentó dura y sincera la primera subida.

La continua alternancia “matapiernas” de subidas y bajadas andina había vuelto a empezar y así siguió por todo el día.

Estaba preparado ya, pero francamente me había ilusionado con esperar que se mejorara un poco.

Como si el cansancio no fuera suficiente, hay que subrayar que en este país no soy el único ignorante, en sentido literal: otra vez me hacen compañía todos los conductores temerarios que pasan flechado sin angustiarse por mi presencia, como si fuera invisible. Ellos me ignoran a mí y yo ignoro el porqué: por lo menos nos hacemos compañía entre ignorantes.

Entiendo la total ausencia del ciclismo en el país, pero no creo que sea tan difícil distinguir a un paquidermo con cinco bolsas colgadas en dos ruedas: sin embargo mi volumen no es suficiente y cada vez que hay una curva estoy con el corazón en un puño y espero profundamente que en realidad me vean.

El contraste entre la indiferencia de carretera y la hospitalidad ecuatoriana se manifesta de forma evidente cuando al anochecer me doy cuenta de que otra vez los pedales vagan frenéticos sin meta.

Casi por casualidad, me paro enfrente del jardín más cuidado que había visto hasta ese momento, lleno de una íntima esperanza de solidaridad y acogida; o quizás arrastrado por mi valiente compañera de viaje ya que la granja donde había llegado era de bambú.

 

 

En abril de 2016 un terremoto de 7.8 grados se abatió sobre el país y se identificó el epicentro a pocas decenas de kilómetros de donde me encontraba yo en ese momento. De la cercana villa costera de de Perdenales, sólo quedaron escombros. Los movimientos sísmicos se advirtieron hasta la frontera con Perú en el sur y Colombia en el norte. Al término del terrible sismo, las víctimas comprobadas fueron más de 600 y el temblor de asestamiento duró unos meses: por eso, muchas familias decidieron abadonar el ladrillo y reconstruir sus casas con bambú siguiendo las antiguas técnicas transmitidas por generaciones.

Para entrar en este puñado de orgullo nacional no tuve que hacer nada más que atar mi bici más allá de la baja empalizada y esperar a que los propietarios se me acercaran para preguntarme la razón de mi visita.

Sin demasiadas formalidades y con una naturalidad que me sorprendió, me dejaron plantar la tienda y me ofrecieron comida caliente: no necesitaba más.

El siguiente fue uno de esos días que se esperan con impaciencia y ansiedad.

Todos los kilómetros recorridos y el polvo respirado tenían un único significado: me echaba a las espaldas los esfuerzos de la cordillera y por fin delante de mí la anhelada costa del Océano Pacífico, verdadero compañero de mi viaje, que me esperaba.

Por supuesto también en este caso ignoraba totalmente lo que encontraría: pero esta es otra historia.

2017-09-16T10:55:29+00:00